El fenómeno económico

Francisco Parra Rodríguez

26/04/2016

El racionalismo distingue un fenómeno de un noúmeno, un fenómeno es un objeto captado por los sentidos en tanto que un noúmeno es un objeto pensado por la razón, en Kant no cabe un conocimiento científico desde la existencia nouménica siendo posible acceder a dicha realidad mediante la experiencia moral, cabe por tanto preguntarse antes de nada, para deslindar lo científico de la economía de lo moral, que observaciones del hecho económico tienen categoría de fenómeno y cuales de noúmeno. No se duda del carácter de evidencia empírica de la observación económica, cuando esta se nos muestra evidente en tiempo y lugar, y se recoge a través de métodos y técnicas válidas, el muestreo estadístico sería una de ellas. Los precios de los artículos, por poner un ejemplo, son evidentes a nuestros sentidos en un momento del tiempo y en un lugar concreto, y al ser el Índice General una manera de recopilar o sintetizar los precios siguiendo un método estadístico no habría tampoco que dudar de su realidad, igual ocurre con la producción de un país, en el sentido de que no cabe dudar de la realidad de cuantos productos se encuentran dispuestos para su venta en el mercado, de igual manera una particular agregación de estos a través de una síntesis estadística como es un Sistema de Contabilidad Nacional, la producción nacional o PIB acaba siendo una magnitud que en principio tiene un referente en la realidad empírica de la economía que se valora. No obstante, ni el IPC ni el PIB, forman en sí parte del mundo de los objetos sensoriales como el precio o la producción de tal y cual producto concreto. Muchas de las “evidencias empíricas” sobre las que se elaboran las teorías económicas son evidencias aún más vagas de lo que son el IPC o el PIB. La demanda, la oferta, la masa monetaria, la base monetaria o la velocidad de circulación del dinero son objetos pensados por nuestra razón que no formarían parte del mundo sensorial. El beneficio o la ganancia empresarial, podría considerarse una evidencia sensorial del proceso productivo, de igual manera que lo es el producto logrado o los costes de producción. No obstante hay que tener en cuenta que no todo productor tiene que tener la misma idea sobre el beneficio de su actividad, un empresario pequeño puede encontrar su beneficio, en la caja, en la cuenta corriente, en el margen de las existencia que acumula para vender, mejor que en un ejercicio de síntesis contable a través de una convención común reflejada en un plan de contabilidad, para estos empresarios, que son la mayor parte de los agentes productivos, el ejercicio contable no es otra cosa que un imperativo legal (una regla de conducta moral) de la hacienda que les obliga a obtener un saldo sobre el que lograr una tributación efectiva. Como ven los economistas teóricos tienen una amplio campo en el que debatir, deslindando de la observación de los fenómenos económicos los conceptos idealizados, para ver si con los hechos económicos es posible una economía científica.

En Kant se introduce una distinción entre el fenómeno y el noúmeno, un fenómeno es lo que se percibe y un noúmeno es la cosa en si. Noúmeno es algo que no se capta en la intuición sensible o si se prefiere algo que no entra dentro de los limites de la sensibilidad. Se entiende que las cosas que percibimos en los limites del espacio y el tiempo tienen a su vez una existencia independiente de la percepción o la intuición sensible, se captarían por decirlo así por intuición intelectual, como existen fuera de las estructuras de la sensibilidad, solo podemos sospechar y pensar en su existencia, pero no conocer su naturaleza. Lo que intuimos en la sensibilidad son los fenómenos lo que sospechamos fuera de la sensibilidad son los noúmenos o casas en si. Y esta breve introducción a la intuición en el razonamiento kantiano nos podría ayudar a deslindar los conceptos económicos que pertenecen a la evidencia empírica de los que no. El precio al que el consumidor demanda un producto y la cantidad que demanda a cada precio, al igual que el precio al que el productor ofrece cada cantidad de producto salvo raras excepciones, pertenecen al mundo de las cosas en si, ya que son una idea del comprador (o del productor) acerca del precio al que pueden adquirir (o colocar) un producto, serían por tanto intuiciones intelectuales pero no fenómenos económicos observables, son evidencias empíricas, sin embargo, el precio al que se ha vendido un producto concreto o la cantidad vendida de ese producto concreto, cuando esta es obtenida, bien partir de un censo de empresas o de una muestra estadística de empresas o de una estadística de consumidores a los que se les interroga acerca de las cantidades vendidas y compradas con la debida corrección metodológica. El dinero de curso legal, monedas y billetes, es otro fenómeno económico que se guarda en nuestra cartera y se cambia de mano en mano, al igual que el tipo de interés al que se remunera el dinero que prestamos o nos han prestado, o las cantidades abonadas y pagadas por concepto de contrato de préstamo, dado que son conocidas por nuestros sentidos en el momento en que tales cuantías entran ó salen de nuestra tesorería, y pueden ser objeto de una investigación estadística que ofrezca resultados sintéticos, entraría en el campo de los fenómenos observables. El depósito bancario que aparece reflejado en nuestra libreta de ahorros pudiera parecer un fenómeno ya que opera de igual modo que el dinero de curso legal, de hecho, basta nuestra tarjeta de depósito para cambiarlo por mercancías y servicios o por dinero de curso legal, pero el depósito no es más que un contrato de servicios bancarios por el que el banco tiene la obligación de respaldar nuestra compra o nuestra necesidad de efectivo con el dinero que allí se ha depositado, y como tal contrato puede ser considerado como una regla moral de compromisos entre dos partes, y siendo como sabemos que es un hecho imposible materializar en dinero todos los depósitos de un banco a deseo instantáneo de todos sus clientes, y dudándose incluso de la posibilidad de que se materialice la garantía que ofrece el banco central de un mínimo por depositante en caso de crisis bancaria, hay que concluir que cualquiera cantidad monetaria que incluya el valor de lo depositado en el sistema bancario, tiene más el carácter de cosa en si, derivada de una regla ética que de fenómeno económico evidente a nuestros sentidos. La agregación de la producción de un país podría ponerse de manifiesto en un tiempo y lugar si algún poder lo decidiera así, no revestiría mayor problema que el asociado a un censo de población, pero tal poder se vería imposibilitado a materializar todo el dinero que los agentes guardan en títulos ajenos a dinero en efectivo, por constituir compromisos morales entre partes. En definitiva, si agregamos dinero de curso legal, depósitos bancarios y otros títulos de tenencia de valores que se establecen en la regulación de un sistema financiero particular en una macromagnitud de base monetaria, habremos de preguntarnos si tal saldo agregado pertenece al mundo de los noúmenos en vez de los fenómenos. A este respecto y teniendo presente que el control de la base monetaria se consideraba indispensable para el objetivo de evolución del índice general de precios y ahora se utiliza para relanzar el crecimiento económico (expansión cuantitativa), habrá que plantearse si tales conductas de las autoridades monetarias están sustentadas en el conocimiento científico de la economía o son simplemente un conjunto de reglas morales que otorgan beneficios a unos individuos en perjuicio de otros. Sin entrar en otros conceptos que como la marginalidad o la utilidad de los que no cabe dudar de su naturaleza nouménica.

La productividad es otro concepto clave en el desarrollo teórico de la economía actual sobre el que cabe dilucidar su carácter fenoménico o nouménico. Al igual que ocurre con el beneficio, la productividad no es un concepto evidente a cualquier tipo de productores. Existe un concepto fenoménico de productividad que es el derivado de dividir las ventas entre los trabajadores o las horas trabajadas, ya que numerador y denominador son evidentes a nuestros sentidos, pero lo cierto es que esta manera de medir la productividad no resulta satisfactoria a la mayoría de los economistas y agentes, bien sea por el efecto de los precios sobre las ventas o por circunscribirse a un solo factor productivo, el trabajo, para el que tampoco se le considera un ponderador de su calidad o contribución al proceso productivo. Entramos así en la delimitación de la cosa en si, y probablemente de igual manera que los economistas teóricos se sienten insatisfechos dividiendo las ventas entre el empleo, los productores forman una idea acerca de la productividad de su organización ajena a la productividad de la mano de obra, puede que un comerciante se sienta satisfecho midiendo su productividad con la ratio ventas por empleo, una metalurgia utilizaría probablemente una unidad física de producción, toneladas de acero, referida a un factor de producción, bien sea trabajo o energía, el gerente de un hospital puede sentirse más satisfecho con el número de pacientes atendidos por médico, pero dado que no todas las enfermedades requieren de igual dedicación, otro gerente se encontraría más a gusto con el concepto de productividad aparente ó incluso podría considerar un indicador alternativo de productividad introduciendo índices de estancias por tratamiento, en el fondo al igual que ocurría con el beneficio, la idea de la productividad toma forma en cada productor sobre la base de las características de su negocio. Vincular, por tanto el salario pagado a cada trabajador, magnitud evidente a nuestros, a una cosa en si como lo es la productividad, de cara a obtener determinados efectos sobre la producción y renta de un país puede que no encuentre un fundamento científico adecuado, y no deje de constituir una regla moral más sobre la que organizar un determinado tipo de sociedad.

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