Estimación de la tasa de pobreza en Cantabria mediante matching estadístico

Estimación de la tasa de pobreza en Cantabria mediante matching estadístico

Autores: Pablo Lobete López
Francisco J. Parra Rodríguez
DOC. Nº 2/2018

RESUMEN
El objetivo del presente estudio es establecer una metodología para el cálculo de la tasa de riesgo pobreza en Cantabria a partir de los datos de la Encuesta Social de Cantabria (ESOC) 2015, realizando un matching estadístico con la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) 2016. La ESOC es una encuesta realizada por el ICANE tiene como finalidad conocer las aptitudes sociales y condiciones de vida de la población de Cantabria. La muestra objetivo de la ESOC son 1.800 hogares.
La EPF tiene como objetivo suministrar información anual sobre la naturaleza y destino de los gastos de consumo, así como sobre diversas características relativas a las condiciones de vida de los hogares, en base a una muestra de aproximadamente 4.000 hogares para el conjunto del Estado. Para Cantabria, el tamaño de la muestra en 2016 fue de 762 hogares.
La tasa de pobreza monetaria en Cantabria puede calcularse tanto con los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) como con las de la EPF, si bien en el Documento Técnico 1/2017 del ICANE, se concluye que ambas encuestas se realizan con una muestra insuficiente para obtener medidas de pobreza.

Mediante un matching estadístico entre la ESOC y la EPF se pretende realizar un cálculo la tasa de riesgo de pobreza de Cantabria más consistente en el tiempo. En concreto se trata de estimar los ingresos mensuales de los hogares en la ESOC, a partir de una serie de variables comunes a la EPF y de la respuesta a la pregunta sobre el intervalo en que se sitúa la renta disponible de l hogar ingresos en la primera. Señalar que el matching entre la ESOC y la ECV se descartó por la menor muestra de la ECV (347 hogares).
Finalmente, se realiza una estimación de la tasa de riesgo de pobreza en Cantabria a partir de los ingresos de los hogares de la ESOC.
Palabras clave: Tasa de riesgo de pobreza, matching estadístico, Cantabria.

Estimación_tasa_pobreza_Cantabria_2_2018

Anuncios
Publicado en Documentos de trabajo | Etiquetado , , | Deja un comentario

Documentos técnicos – ICANE

http://www.icane.es/icane/technical-reports

| Deja un comentario

Global Migration, animated with R — R-bloggers

(This article was first published on Revolutions, and kindly contributed to R-bloggers) The animation below, by Shanghai University professor Guy Abel, shows migration within and between regions of the world from 1960 to 2015. The data and the methodology behind the chart is described in this paper. The curved bars around the outside represent the…

via Global Migration, animated with R — R-bloggers

Cita | Publicado el por | Etiquetado | Deja un comentario

Aprendiendo economía con Ryszard Kapuscinski.

Aprendiendo economía con Ryszard Kapuscinski.

Francisco Parra

2 de Marzo 2018

Todo el tiempo acompaño a Thiam en su ritual. Y pasamos un rato muy largo antes de terminar de hacer toda la vuelta. Mientras, noto que los demás también circulan por sus órbitas matutinas; reina un movimiento febril en la aldea, por todas partes se oye el sacramental «¿Cómo has dormido?» y las tranquilizadoras y positivas respuestas de «Bien, bien». En el curso de tal ronda por la aldea se ve que en la tradición e imaginación de sus habitantes no existe la noción de espacio dividido, diversificado y segmentado. En la aldea no hay cercas ni vallas ni empalizadas, ni tampoco alambres ni mallas metálicas ni cunetas ni lindes. El espacio es uno, común, abierto e, incluso, trasparente: no tienen cabida en él cortinas extendidas ni barreras echadas, paredes ni tapias; no se ponen obstáculos a nadie ni se le impide el paso.

Ahora, parte de la gente se va al campo a trabajar. Los campos están lejos, ni siquiera se ven. Las tierras en las proximidades de la aldea hace tiempo que ya están agotadas, yermas y estériles, convertidas en mero polvo y arena. Sólo a kilómetros de aquí se puede plantar algo, con la esperanza de que, si llegan las lluvias, la tierra dé fruto. El hombre posee tanta cuanta es capaz de cultivar; el problema radica en que no puede cultivar mucha. La azada es su única herramienta; no hay arados ni animales de tiro. Observo a los que se marchan al campo. Como único alimento para todo el día, se llevan una botella de agua. Antes de que lleguen a su destino, el calor se volverá insoportable. ¿Que qué cultivan? Mandioca, maíz, arroz seco. La sabiduría y la experiencia de estas gentes les hace trabajar poco y despacio, les obliga a hacer largas pausas, cuidarse y descansar. Al fin y al cabo son personas débiles, mal alimentadas y sin energías. Si alguna de ellas empezase a trabajar intensamente, a deslomarse y sudar sangre, se debilitaría aún más, y, agotada y exhausta, no tardaría en caer enferma de malaria, tuberculosis o cualquiera del centenar de enfermedades tropicales que acechan por todas partes y la mitad de las cuales acaba con la muerte. Aquí, la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo entre supervivencia y aniquilación.

Las mujeres, a su vez, desde la mañana misma preparan el alimento. Digo «alimento» porque se come una vez al día, por lo que no se pueden usar designaciones tales como desayuno, almuerzo, comida o cena: no se come a ninguna hora establecida sino sólo cuando el alimento está preparado. Por lo general, tal cosa se produce en las últimas horas de la tarde. Una vez al día y siempre lo mismo. En Abdallah Wallo, como en toda la zona circundante, se trata de arroz, adobado con una salsa fuerte, muy picante. En la aldea viven pobres y ricos, pero la diferencia entre lo que comen no consiste en una diversificación de platos sino en la cantidad de arroz. El pobre no comerá más que un puñadito exiguo, mientras que el rico tendrá un cuenco lleno a rebosar. Aunque esto ocurre sólo en los años de buena cosecha. Una sequía prolongada empuja a todos hacia el mismo fondo: pobres y ricos comen el mismo puñadito exiguo, si es que, simplemente, no se mueren de hambre.

La preparación del alimento ocupa a las mujeres la mayor parte del día, o mejor dicho, el día entero. Lo primero que tienen que hacer es salir en busca de leña. No hay madera en ninguna parte, hace tiempo que se han talado todos los árboles y arbustos, y el buscar en la sabana astillas y trozos de ramas o palos es una ocupación pesada, ardua y sumamente lenta. Cuando la mujer por fin trae un manojo de leña, tiene que volver a marcharse, esta vez para ir a buscar un barril de agua. En Abdallah Wallo el agua está cerca, pero en otros lugares hay que caminar kilómetros para encontrarla, o, en la estación seca, esperar durante horas hasta que la traiga un camión cisterna. Provista de combustible y agua, la mujer ya puede proceder a la cocción del arroz. Bueno, no siempre. Antes tiene que comprarlo en el mercado, y pocas veces dispone de dinero suficiente como para hacer un acopio y tener en casa una cantidad excedente. En esto llega el mediodía, la hora de un calor tal que cesa todo movimiento, todo se paraliza y petrifica. También cesa el ajetreo alrededor del fuego y las ollas. La aldea se queda desierta a esta hora, la vida la abandona por completo.

Una vez hice el esfuerzo de ir al mediodía de choza en choza. Eran las doce. En todas ellas, sobre el suelo de barro o sobre esteras y camastros, estaban tumbadas personas mudas e inmóviles. Sus rostros aparecían cubiertos de sudor. La aldea era como un buque submarino en el fondo del océano: existía pero sin dar señales de vida, sin voz y sin movimiento alguno.

Por la tarde Thiam y yo nos acercamos al río. Turbio y de color metal oscuro, fluye entre unas orillas altas y arenosas. En ninguna parte se ve vegetación, no hay plantaciones ni arbustos. Claro que se podrían construir canales que regasen el desierto. Pero ¿quién habría de hacerlo? ¿Con qué dinero? ¿Para qué? El río, de cuya presencia nadie se percata ni saca provecho, parece fluir para sí mismo.

Nos hemos introducido tanto por el desierto que cuando volvemos ya es de noche. En la aldea no hay luz alguna. Nadie enciende un fuego: sería desperdiciar combustible. Nadie tiene una lámpara. Tampoco una linterna. Cuando hace una noche sin luna, como hoy, no se ve nada. Sólo se oyen voces aquí y allá, conversaciones y exhortaciones, relatos que no entiendo, palabras cada vez más espaciadas y dichas en voz baja: la aldea, aprovechando esos escasos instantes de frescor, por unas horas se sume en el silencio y duerme.

Ebano-Ryszard Kapuscinski

 

Cito este texto de Ebano de Ryszard Kapuscinski, porque en muy pocas líneas y con excelente prosa, Kapuscinski resume el “modus vivendi” del mísero poblado de Abdallah Wallo en Senegal, puede que en muchos lugares de este mundo se siga el mismo o parecido ritual, y puede que sean en mayor número los habitantes de este planeta que vivan más en consonancia con la rutina de Abdallah Wallo que con la que impere por poner un caso en Brookling, aunque puede que todo esto ya no sea del todo cierto y que Abdallah Wallo ya no sea el mísero pueblo que describió Kapuscinski, pero a todos los efectos, está vida existió y hemos de creer que fue la predominante en amplias áreas del planeta: África, Asia, Latinoamérica, y remontándonos en el tiempo más atrás, la lucha diaria por conseguir al menos una comida al día hubo de ser la rutina de los pobladores de la desarrollada Europa, Norteamérica y Japón.

En la descripción concisa de la economía de los habitantes de Abdallah Wallo, están presentes cuestiones claves de la economía tal y como se enseña en las facultades: la división del trabajo, aquí entre hombres y mujeres, la existencia de clases sociales, los que comen mucho y comen poco, el azadón, única tecnología de producción, o el mercado al que se acude cuando se puede. Los habitantes de Abdallah Wallo, no desconocen otras técnicas productivas que podrían cambiar la miserable rutina de su poblado, el regadío, pero simplemente no tienen capital para construir canales, y por descontado que los habitantes de Abdallah Wallo son en extremo eficientes con los pocos recursos que poseen: la leña, como también lo son a la hora de trabajar en tan extremas condiciones físicas y ambientales. Con todo también puede haber ocurrido que agotado el poco suelo fértil de Abdallah Wallo, el pueblo entero haya tenido que migrar a Dakar y de Abdallah Wallo solo quede la descripción que tan magistralmente realizó Ryszard Kapuscinski.

Una teoría económica sobre la producción y el consumo tiene que servir en mi modesta opinión para explicar tanto la actividad económica de Abdallah Wallo, por muy miserable que sea como la extraordinariamente compleja del neoyorkino distrito de Brooklyn, que produce servicios con la última tecnología y consume productos que adquiere en un “mall” en donde las referencias se cuentan por cientos de miles.

Una primera cuestión que nos muestra la sencilla economía de Abdallah Wallo es que las actividades de consumo tienen lugar en un núcleo familiar, el hogar, y en esto no creo que haya diferencias con los residentes de Brooklyn, si bien la extensa familia de Abdallah Wallo, sea difícil de encontrar en Brookling, donde los hogares están más diversificados: singles, monoparentales, monomarentales, parejas con o sin hijos, parejas de ancianos o ancianos viviendo solos, lo común es que la decisiones de consumo en Brookling y Abdallah Wallo se toman a nivel de hogar, fuere cuales fuere, y esto ocurre en prácticamente todo el mundo, bien es cierto que hay personas que viven recluidas en residencias, en cuarteles o en presidios y su capacidad para tomar decisiones de consumo está limitada por su situación, pero salvo aquellos obligados forzosamente a permanecer recluidos, quienes voluntariamente se recogen en establecimientos colectivos, al menos ellos, como hogares individuales, o sus familias han tomado una decisión a este respecto: pagar para que todo se lo den hecho.

Otra cuestión del texto de Kapuscinski a considerar, es que por más misérrima que sea la vida, siempre hay clases sociales, aunque sea entre los que comen un tazón de arroz y los que comen un puñado de arroz. En la aldea de Abdallah Wallo, hay terreno de sobra, seco y malo, pero de sobra, y parecer ser que todos tienen azadón, y aunque todos los hombres pautan el ritmo de trabajo sobre los mismos condicionantes, no es una sociedad estrictamente igualitaria, ya que hay quien come mejor y quien come peor. Kapuscinski, acudió a Abdallah Wallo invitado por su amigo Thian al que conoció en Dakar, y puede que sean las remesas que envía Thian a su familia una de las causas de la diferencia de clases que se da en Abdallah Wallo, aunque como no todos somos iguales habrá entre los hombres del poblado mejores y peores agricultores, o puede que todo se reduzca a simplemente estar más fuertes y más sanos, de igual manera que las mujeres que acuden a comprar al mercado, no todas tendrán la misma habilidad negociadora para acopiarse en él del excedente que precisan. Como la desigualdad tampoco es muy allá, ya que una sequía prolongada – afirma Kapuscinski- acaba con ambas clases por igual, las diferencias entre lo que consumen y poseen se limitan a la cantidad de arroz que comen. Si alguno de los pobres entre los pobres de Abdallah Wallo, consigue algún tipo de trabajo bien sea en Dakar o en otra localidad, su familia simplemente consumirá una mayor cantidad de arroz, eso es todo. Las sociedades más igualitarias, son más homogéneas en los bienes y servicios que consumen, basta recordar las imágenes de la China y la Rusia comunista o la actual Corea del Norte, todos vestían igual, viajaban en idénticas bicicletas o transporte público y aguardan colas en comercios pobremente surtidos. A pesar de ello había clases sociales, ya que la nomenklatura vivía con un estilo de vida más acorde con los gustos capitalistas, pero oculto a los ojos de la población. La Cuba actual, sigue siendo comunista, y aunque sus comercios no disponen de los cientos de miles de referencias que tienen las grandes superficies de su vecino del norte, los cubanos muestra una mayor diversidad y occidentalización en sus pautas de vida que el otro referente comunista actual, Corea del Norte, pero los cubanos aparte de su idiosincrasia reciben remesas de los familiares que emigraron a los EE.UU., mientras que los norcoreanos se encargaban de cerrar a cal y canto las fronteras de su país. Guardemos entonces lo que el texto de Kapuscinski muestra, que las clases sociales se diferencian por el acceso que tienen a los bienes de consumo.

 

La comunidad de Abdallah Wallo no sabemos si constantemente labora o hay también algún momento para el goce y el recreo, seguramente el poblado tiene algún ritual animista en donde se baile y se festeje en comunidad, puede que esta comunidad senegalesa, cace y todos participen del festín, o que guerreara con otras tribus, y de haber salido victoriosa, en la fiesta se haya repartido el botín, o puede que el consumo colectivo se realice de manera tan sutil a como describe otro texto de Ryszard Kapuscinski:

Los baganda son gentes muy pulcras en lo que a limpieza y ropa se refiere. Al contrario de sus compatriotas, los karamajong, que desprecian las vestimentas al considerar que la única belleza está en un cuerpo humano desnudo, los baganda se visten cuidadosa y meticulosamente, tapando los brazos hasta las muñecas y las piernas hasta los tobillos.

Apolo dice que ahora las cosas van bien porque se ha acabado la guerra, pero que también van mal porque ha bajado el precio del café (estamos en los años noventa), y ellos viven de su cultivo. Nadie quiere comprarlo, nadie lo viene a buscar. El café se estropea, los cafetales se asilvestran, y ellos no tienen dinero.

Suspira y, con suma atención, conduce su plancha entre los remiendos y las costuras, como hace el marinero con su barco entre arrecifes traicioneros. En un momento de nuestra charla, de entre la espesura de los plátanos sale una vaca, tras ella unos pastorcillos la mar de traviesos y agitados y, cerrando el cortejo, un anciano encorvado. Es Lule Kabbogozza. En 1942, Lule estuvo en la guerra, en Birmania, y habla de ello como del único acontecimiento de su vida. A partir de entonces, nunca ha salido de la aldea. Ahora pasa estrecheces, como los demás.

What I eat?, se pregunta a sí mismo. Cassava. Day and night cassava. Pero tiene un carácter bueno y optimista, y, con una sonrisa, señala hacia la vaca. A principios de cada año se reúnen varias familias, sacan sus cuatro monedas de donde pueden y compran en el mercado una vaca. La vaca pace en la aldea: hay hierba suficiente. Cuando se acercan las Navidades, la sacrifican. Todo el mundo se reúne para la ocasión. Todos miran a ver si se reparte con justicia. Ofrecen una gran cantidad de sangre en sacrificio a los antepasados (no hay ofrenda más preciada que la sangre de vaca). El resto lo asan y hierven allí mismo. Es la única vez en el año q que los campesinos comen carne. Más tarde comprarán otra vaca y dentro de un año de nuevo habrá fiesta.

La aldea que ahora visita el periodista, no es un territorio seco y polvoriento como Abdallah Wallo, en un párrafo anterior se refiere a ella como: “un inmenso jardín tropical: Palmeras, plátanos, tamarindos y cafetos”, pero la cotidianidad es la misma, ya nos advierte el periodista que: “por lo general, en las aldeas no se come más que una vez al día, por la noche, y en la estación seca, una vez cada dos días, si es que se come”. Y que es lo que come todos los días Lule Kabbogozza: yuca, y porque no varía su dieta el pulcro Lule Kabbogozza, el periodista nos lo aclara:

Hay pocos caminos grandes en el país. Como pocos son los camiones. Millones de personas viven en unas aldeas a las que no lleva ningún camino ni llegan los camiones. Esta gente es la más perjudicada y la más pobre. Vive lejos del mercado, demasiado lejos como para transportar hasta allí, sobre la cabeza, esos pocos bulbos de cassava o de yams, ese racimo de matoke (plátanos verdes) o ese saco de sorgo, es decir, las frutas y verduras que crecen en su zona. Al no poder venderlas, no tienen ningún dinero y, por eso mismo, no pueden comprar nada: el desesperante círculo de la miseria se cierra.

Son los mismos problemas, pero de lo que se trata ahora es de mostrar que el consumo colectivo que en el mundo occidental tiene la forma de los servicios educativos, sanitarios proporcionan los estados, previo pago de un impuesto, se da también entre culturas tan en las antípodas como los baganda, eso sí con el propósito de cumplimentar su diaria dieta vegana con la carne de la vaca, que como se diría del cerdo en la cultura española: de él se aprovecha hasta los andares.

La diferencia entre la sociedad africana y la europea consiste, entre otras, en que en esta última reina la división del trabajo, en que actúa la ley de la especialización, lo que hace que las profesiones y los oficios estén claramente definidos y determinados. Tales principios funcionan en África en un grado bastante exiguo. Aquí, sobre todo hoy en día, la persona se lanza a decenas de ocupaciones, hace un montón de cosas, por lo general no por mucho tiempo y —así son las cosas— sin demasiada seriedad. Sea como fuere, resulta muy difícil no toparse con alguien que no haya rozado el elemento y la pasión más arrebatadora de África: el comercio.

El mercado acaba siendo así una institución clave en el “modus de vida” de África, y de otros sitios, aunque puede que también de todos los sitios, cuando de economía estamos hablando. Tal es la importancia del mercado en la visión de África que nos ofrece genial periodista, que le dedica todo un episodio: EL AGUJERO DE ONITSHA. El mercado más grande de África, o tal vez incluso del mundo:

En África se ve muy clara la diferencia entre el mercado-mercado y lo que solemos llamar una gran superficie o un centro comercial o un mercado municipal. El centro comercial es una construcción fija, algo que tiene una forma arquitectónica, una estructura más o menos planificada, un grupo estable de comerciantes y una clientela medianamente asidua. También tiene puntos de referencia que perduran en el tiempo: rótulos de conocidas empresas, placas con apellidos de comerciantes famosos, anuncios de colores y escaparates atractivamente decorados. El mercado, en cambio, es un mundo del todo diferente. Es el mundo de los elementos, de la espontaneidad y de la improvisación. Es una fiesta popular, un concierto al aire libre. Dominio y reino de las mujeres, el pensar en el mercado no las abandona ni por un momento. Todavía en casa, en la aldea o en la ciudad, piensan en su ida a él. Irán allí para comprar o para vender algo. O lo uno y lo otro.

 

¿Y el mercado en sí? Además de comprar y vender, también es un lugar de encuentro. Es la huida de la monotonía de la vida cotidiana, un momento de descanso, una reunión social. Para ir al mercado las mujeres se visten con sus mejores ropas, no sin antes cuidarse de su peinado, que, laboriosamente, se hacen unas a otras. Y es que en África, al mismo tiempo que las compras, hay un permanente desfile de moda, discreto, involuntario e improvisado. Si uno se fija en lo que venden y compran estas mujeres, le resulta difícil resistirse a la impresión de que la mercancía no es más que un pretexto para entablar y mantener una relación con otras personas. He aquí, por ejemplo, a una mujer que pone a la venta tres tomates. O varias mazorcas de maíz. O un cuenco de arroz. ¿Qué beneficio sacará? ¿Qué podrá comprar con él? Y, sin embargo, se pasa en el mercado todo el día. Observémosla con atención. Sentada, no para de hablar con sus vecinas, discute con ellas, mira la ondulante multitud que pasa ante sus ojos, expone sus opiniones y hace comentarios. Luego, sintiendo hambre, las mujeres intercambian los productos y los guisos que han traído para la venta y los consumen allí mismo. Tiempo atrás, en un viaje que había hecho a Malí, observé, en Mopti, un mercado de éstos, el de pescado. En una pequeña plaza cubierta de arena, bajo un sol asesino, permanecían sentadas unas doscientas mujeres. Cada una de ellas ponía a la venta unos cuantos peces pequeños. No vi a nadie que quisiera comprárselos. Ni tan siquiera mirarlos o preguntar por su precio. Y, sin embargo, las mujeres se mostraban contentas, charla que te charla, mantenían un debate animado, ocupadas en ellas mismas y ausentes para el mundo. Creo que si hubiese aparecido allí algún cliente, no lo habrían recibido de buena gana, pues les habría estropeado la diversión.

 

Lo expuesto sirve para apreciar la diferencia que se da entre el ir al mercado en los países prósperos y en los desfavorecidos, o lo que viene a ser lo mismo como se conceptúa el mercado en la menor parte del mundo frente a la mayor parte del mundo. La primera nota es que cualquiera que por allí transite puede ser un comprador, un vendedor o ambas cosas a la vez, es decir son de libre concurrencia, ya que los vendedores no son siempre las mismas empresas que se instalan en los centros comerciales. Allí sencillamente la gente se va a intercambiar lo que le sobra por algo que le hace falta, un poco como ocurre en los rastros de nuestras ciudades o en los mercadillos rurales, en donde ofrecen sus productos los agricultores locales y se ve tanta informalidad y artículos kitsch como en el mercado africano:

 

El mercado africano es un gran amontonamiento de baratijas de diverso pelaje. Una mina de chucherías y trastos chapuceramente hechos. Montañas de birrias y de pegotes kitsch. Nada de lo que hay aquí tiene valor alguno, nada llama la atención, ni despierta admiración, ni tienta, ni hace que uno desee poseerlo. En un extremo se apilan montañas de cubos y palanganas de plástico, iguales, rojos y amarillos; en otro, forman una maraña miles de idénticas camisetas y zapatillas de deporte, y en un tercero se levantan pirámides de telas de percal multicolor y brillan hileras de vestidos y chaquetas de nailon. Sólo en un sitio así se ve hasta qué punto el mundo está inundado por cosas de última fila, cómo se hunde en un océano de kitsch, de baratija, de sin-gusto y de sin-valor.

 

La segunda nota es el bullicio, Kapucinsky nada nos dice de cómo se realizan los intercambios en los mercados africanos, bueno en un pasaje anterior, relativo a un viaje en autobús, utiliza esta metáfora: “Todos gritaban a cuál más fuerte y agitaban los brazos como si participasen en un regateo en medio de un mercado ruidoso”. El regateo como forma de determinar el precio en los mercados tradicionales, sean estos los mercados al aire libre africanos o los bazares orientales, es un hecho que para nosotros tiene un aire pintoresco, aunque yo aún recuerdo a mi madre regateando en los comercios de la capital de la provincia en que nací. Aunque las grandes superficies sean tan bulliciosas en asistencia de público como los mercados que describe Kapucinsky, en ellas nadie grita ni agita los brazos, entre otras cosas porque no hay nada que regatear, los consumidores occidentales somos precios aceptantes, no hay nada que discutir, si no nos conviene el precio, buscamos otra referencia, y esta manera de ajustar el consumo a nuestros bolsillos provoca que a diferencia de los mercados africanos, en donde hay marañas de idénticas camisetas y zapatillas, en los nuestros de cada producto se necesiten cientos de referencias con precios diferentes y calidades lógicamente diferentes, entre ellas, las marcas blancas o las denominaciones “low-cost”. De seguro que en el mercado de Onitsha cada zapatilla de deporte por muy idéntica que sea se vende y compra a un precio distinto, aunque al cabo del día la zapatilla encuentre lo que en la teoría económica se conoce como su precio de equilibrio.

 

En otro pasaje de Ebano, Kapucinsky, plantea una cuestión relativa al ahorro y con la que quiero concluir las referencias al genial libro. ¿Cabe el ahorro en una sociedad tan frugal como la africana? He aquí su respuesta:

 

Sé de qué se trata -interrumpo a Hamed-, porque pude contemplar el fenómeno con mis propios ojos en Ogadén. Recorríamos entonces el desierto en camiones con el fin de buscar a unos nómadas amenazados de muerte por hambre y llevarlos al campamento de Gode. A mí me resultaba de lo más chocante que cada vez que encontrábamos a unos somalíes al borde de la muerte, acompañados de unos camellos en el mismo estado, aquellos hombres por nada del mundo querían separarse de sus animales, aun a sabiendas de que no los aguardaba sino una muerte segura. Estuve allí con un equipo de salvamento compuesto por gente joven, un grupo que pertenecía a la organización humanitaria Save. Tenían que emplear la fuerza para separar al pastor de su camello -ambos reducidos a meros esqueletos—, pero acababan llevando al campamento al hombre, que los insultaba y maldecía. No por mucho tiempo, sin embargo. Aquella gente recibía diariamente tres litros de agua, que tenía que bastarle para todo: beber, cocinar, lavar. Y como ración diaria de comida, medio kilo de maíz. Y también, una vez por semana, un saquito de azúcar y un trozo de jabón. Pues bien, aquellos somalíes eran capaces aun de hacer ahorros, de vender el maíz y el azúcar a los mercaderes que deambulaban por el campamento, de acumular una suma de dinero necesaria para comprar un camello y huir al desierto.

Como ven ahorrar no es solo hábito de ricos, en otro pasaje del libro el baganda Simón es considerado como un hombre acaudalado: tiene una bicicleta, y, gracias a ella, una ocupación. A saber, que economías hubo de hacer Simón para hacerse con su medio de transporte.

 

Publicado en Opinión | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Causas de la desigualdad retributiva entre hombres y Mujeres — Bloc d’estadística oficial

Henrik Kleven, Camille Landais i Jakob Egholt Søgaard han publicat el treball titulat Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark, (NBER Working Paper No. 24219, Issued in January 2018) sobre les causes de la desigualtat retributiva entre homes i dones, basat en dades administratives del període 1980-2013 de Dinamarca. “Despite considerable gender convergence over time, […]

via Causes de la desigualtat retributiva entre homes i dones — Bloc d’estadística oficial

Publicado en Documentos de trabajo | Etiquetado , | Deja un comentario

¿Cómo describirías tu día hoy? Los países más positivos no son los que crees

¿Cómo describirías tu día hoy? Los países más positivos no son los que crees

leer:

https://politica.elpais.com/politica/2018/01/26/ratio/1516962645_576232.html?id_externo_rsoc=TW_CC

Publicado en Enlaces | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Piketty explicado por Branko Milanovic

Branko Milanovic, @BrankoMilan conegut expert en distribució de la renda i que va treballar al Banc Mundial, explica, en un article de 16 pàgines, els conceptes del llibre de Thomas Piketty, el Capital in the Twenty-First Century, publicat in 2013 (700 pàgines). http://bit.ly/29bWXxS

via Piketty explicat per Branko Milanovic — Bloc d’estadística oficial

Publicado en Enlaces | Etiquetado , , , | Deja un comentario